Calendas

Al llegar de nuevo a las fechas en las que una buena parte de la humanidad se despide de un ciclo para empezar otro, no puedo dejar de pensar en las razones que nos han empujado a medir el tiempo y en los complejos sistemas que utilizamos para organizar nuestras vidas de una manera cronológica. Horas, días, años y estaciones nos ayudan a estructurar y ordenar ese invento de quién sabe quién llamado tiempo. Como no suelo darme ínfulas de filósofo indagando en los por qués de la metafísica, me dedicaré a establecer algunos conocidos hechos sobre la historia de la medición del tiempo, aunque seguramente no podré evitar elucubrar discretamente sobre dichos hechos y otros menos conocidos.

Los estudiosos del tema aseguran que la necesidad de medir el tiempo surgió de la conveniencia de adaptarse a los cambios del clima a medio plazo, esto es, las estaciones que marcan las diferentes épocas dentro de un ciclo repetitivo como es un año terrestre, el tiempo que tarda nuestro planeta en recorrer su órbita alrededor del Sol. La naturaleza misma nos dio la pauta con sus propias fases, nosotros hicimos el resto.

Imagino que ya desde antes de convertirnos en la especie bípeda y curiosa que somos ahora, habíamos aprendido a calibrar la duración de las estaciones para huir de los fríos extremos de las altas latitudes o para aprovechar las bendiciones que la conjunción de calor y lluvia producían en forma de alimento. Muchas especies animales aún lo hacen, incluso muchos humanos que escapan de sus duros inviernos a las playas tórridas más cercanas al Ecuador, donde la temperatura es más estable.

Mamut

Poco cambió la cosa hasta que hace unos diez mil años, la curiosidad de Homo Sapiens en diversas regiones del mundo les movió a observar y analizar el proceso de nacimiento y crecimiento de las plantas, desembocando en el descubrimiento de la agricultura, arte que requiere un estudio y conocimiento más profundo de las estaciones, incluyendo los periodos de crecidas de los ríos. A partir de ese momento, especialmente en Mesopotamia y Egipto, encontramos pruebas físicas de los registros climatológicos en tablillas de arcilla, madera y piedra utilizadas para marcar los tiempos de siembra y cosecha.

Pero el surgir y avance de las civilizaciones pronto hicieron necesarios sistemas más completos y exactos de medición del tiempo y los científicos se pusieron manos a la obra para desarrollarlos. Simultáneamente en casi todas las regiones donde se practicaba la agricultura, nacieron calendarios que se basaban ya no sólo en el año, sino que inventaban los meses basándose en las fases, fácilmente observables, de la Luna.

La mayoría de las veces las fechas principales las marcaba

Mayan calendar

ese otro gran invento humano que son las religiones, con celebraciones dedicadas especialmente a los dioses de la lluvia y a aquellos que cuidaban las cosechas, después de todo, la agricultura era la motivación principal para diseñar los calendarios y los cambios del clima eran fácilmente mesurables en las respectivas zonas del planeta. Cabe decir que, con pocas variantes, los calendarios modernos aún siguen las pautas de aquellos planteados por nuestros ancestros y, al menos en occidente, no hubo muchas variaciones hasta el advenimiento de Roma.

Tradicionalmente se atribuye a a Rómulo, fundador de la capital eterna, el calendario original de los romanos, aunque no existe ninguna evidencia al respecto y no se me escapa la pelotera costumbre de dar crédito a los mandamases de todo lo inventado durante un periodo, casi en cualquier civilización antigua. El primero de los calendarios romanos se basaba en el Kalendas lunar griego, con meses de entre 29 y 30 días, ya que el ciclo lunar es normalmente de 29,5 días. Rómulo añadió un día a cada mes que al final le dio un calendario de 304 días divididos en diez meses;

Martius (31 días, en honor de Marte)
Aprilis (30 días, origen desconocido)
Maius (31 días, en honor de Maia)
Iunuius (30 días, en honor de Juno)
Quintilis (31 días, por su posición numérica)
Sextilis (30 días, por su posición numérica)
September (30 días, por su posición numérica)
October (31 días, por su posición numérica)
November (30 días, por su posición numérica)
December (30 días, por su posición numérica)

En el año 713 a.C.  Numa Pompilio, uno de los primeros reyes de Roma, decidió reformar el calendario romuliano para conseguir una mejor alineación del calendario con el año solar, añadiendo dos meses al principio (o al final según algunos) utilizando los sesenta días que sobraban y que generalmente se repartían aleatoriamente en el resto de meses. Ianuarius y Februarius pasaron a formar parte de la lista de meses,

Pero el desfase entre el sistema romano y el año solar real aún provocaba quebraderos de cabeza a los usuarios, ya que el año solar en realidad tiene una duración de 365,4 días, una pequeña diferencia, pero que con el paso del tiempo termina por separar las fechas del calendario de sus equivalentes lunares. Para intentar solucionarlo, durante la república se añadían años bisiestos para empatar ambos ciclos, pero los problemas continuaron, especialmente porque el encargado de dichas añadiduras era el Pontífice Máximo, que muchas veces aprovechaba ese poder para favorecer a sus aliados políticos (algo así como cuando un primer ministro adelanta unas elecciones según le convenga).

Tuvo que llegar el famoso y no muy bien ponderado Julio César para iniciar una nueva reforma en la que añadió días a algunos meses, aunque esta fue terminada por su sucesor, Octavio Augusto, que bautizó el séptimo mes como Julio, en honor a su defenestrado tío, y el octavo como Agosto, como ofrenda a su misma persona.

El poder e influencia del Imperio Romano sobre los pueblos de Europa, el norte de África y el Medio Oriente y la falta de alternativas más exactas, aseguraron la pervivencia del calendario juliano durante toda la Edad Media, pero los avances científicos del renacimiento finalmente ayudaron a encontrar la mejor solución al desfase que, aunque mínimo, todavía existía entre el calendario Juliano y el año solar. Por ello, en el año 1582 y bajo el reinado del Papa Gregorio XIII, el Primer Concilio de Nicea reorganizó los años bisiestos, añadiendo uno cada cuatro años, tal y como se sigue haciendo actualmente. Cabe decir que no todos los países del mundo utilizan el calendario gregoriano, con notables excepciones en China y otras culturas del sureste asiático, al menos oficialmente.

Ahora bien, como después de siglos sin correcciones el equinoccio vernal (primaveral) se había movido diez días, el calendario gregoriano se “saltó” del 11 al 21 de marzo, días que no existieron en la historia. Reto a cualquiera a que me encuentre un suceso ocurrido el 15 de marzo de 1582…

Feliz Año Nuevo!