Vida de lobos, vida de perros.

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De lobos y perros

Tai, cortesía de A.R.R.Q.

“Los diamantes son los mejores amigos de las mujeres”, cantaba una pizpireta e interesada Marilyn Monroe rodeada de encorsetados millonarios ofreciéndole esos trozos de carbono convertidos en piedras preciosas. Nadie me podrá negar lo difícil que es el no conseguir las atenciones de cualquier fémina si los quilates de la joya en cuestión son los adecuados, y varias entrevistadas me lo han confirmado. Pero como en muchas otras cosas que tienen que ver con las preferencias, los hombres se desmarcan y tienen por su mejor amigo a una criatura de más utilidad, una que ni siquiera estaba en el camino natural de la evolución, Canis lupus familiaris, alias el perro, los perros. Estos fabulosos animales domesticados y adiestrados para cuidar niños, traer el periódico o simplemente para entregarnos su desinteresada compañía, cuestión harto irónica considerando que todas las razas de caninos, desde el lampiño Chihuahua que más parece una rata hasta el exuberante Chow-Chow,  son todos descendientes del lobo salvaje.

Perros viejos

Son ya 30.000 años desde que hombres y lobos iniciaron su relación simbiótica, muy probablemente en los bosques del Medio Oriente donde ambas especies se encontraron (según estudios genéticos) y pronto descubrieron que podían ayudarse a pesar de sus mutuos recelos, que eran muchos. Por una parte, un cachorro humano descuidado por sus padres serviría de alimento al cuadrúpedo o a sus crías, mientras que un lobo adulto proporcionaba pieles de incuestionable valor en los inviernos boreales. Pero tanto unos como los otros compartían algo más que hábitat, la inteligencia, que aunque escasamente comparable, les permitió entender los beneficios de una relación más amistosa. La Prehistoric Art_Hunting Scene with Dogsmás antigua evidencia que tenemos de la existencia del perro es el cráneo hallado en la cueva Goyet, en Bélgica, con más de 31 mil años. Pero más apabullantes aún son las huellas datadas hace 27 mil años de un perro (o posiblemente de varios perros) en la cueva Chauvet, al sur de Francia, encontradas junto a las de un niño. En la misma cueva, y en otras muchas, hay pinturas rupestres de perros, casi siempre en escenas de caza, al igual que en innumerables pinturas, esculturas y grabados de todas las civilizaciones antiguas.

Se cree que los primeros acercamientos tuvieron que ver con el gusto que tienen los lobos y sus parientes por la carroña, en este caso, los restos de animales desollados que los humanos dejaban en las cercanías de sus campamentos. Eran comida fácil, aunque disfrutar de dichos manjares les obligaba a acercarse a un enemigo que podría bien cazarlos. Sin embargo, es muy probable que los humanos se acostumbraran a la presencia de los colmillos y les permitieran compartir terreno, pues de cierta manera le solucionaban dos problemas: el primero, que “limpiaban” la zona de restos que pudiesen atraer a depredadores más peligrosos y, segundo, que una pequeña manada de lobos era suficiente para wolfespantar o alertar de cualquier peligro potencial. No tardarían los humanos en propiciar esa cercanía llegando incluso a alimentar a los lobos para hacerse con sus servicios. Algunos cuadrúpedos, a su vez, se acostumbraron a recibir la comida de sus benefactores y poco a poco rebajaron su nivel del salvajismo y sagacidad necesarios para la caza, quedando a merced de sus socios bípedos. La selección natural (o artificial si se quiere) dictada por la evolución terminó por acabar la tarea de domesticación de los lobos para convertirse en perros.

Es muy difícil dirimir en qué momento los lobos se convirtieron en perros, al menos genéticamente, pues estamos hablando de un proceso que pudo durar cientos si no miles de años en los que aquellos lobos que se acostumbraron a vivir entre humanos se fueron aislando de aquellos que mantuvieron su estilo de vida más asilvestrado. Si podemos decir con más certeza que el lobo/perro fue el primer animal doméstico, mucho antes que el caballo o la cabra.

Los perros existen porque los necesitamos. Somos nosotros quienes hemos dado forma a una de las especies más variadas sobre el planeta, adaptando a nuestros amigos en cientos de diversas formas, todas ellas con un propósito en mente, seleccionando para la cruza aquellos ejemplares que mejor cumplían con los requerimientos de la tribu, los más mansos, los más rápidos o los mejores rastreadores. No cabe duda que una de las primeras funciones que llevó a cabo el perro como ayudante de los humanos fue la caza, aprovechando su superior sentido del olfato, del oído, y su agilidad y velocidad en distancias cortas. Posteriormente, desde los mastines utilizados por las legiones romanas en la guerra hasta los Yorkshire terrier de hoy, juguetes de niñas y adultas (corregidme si me equivoco, pero personalmente nunca he visto a un hombre con uno de esos bichos), sin olvidar a los lazarillos, perros pastores o a los que ayudan a policías y a bomberos en labores de rescate, los perros han contribuido enormemente al progreso humano.

Wolf cachorro

Wolf cachorro, cortesía de A.M.G.G.

Pero más importante que cualquier servicio prestado, en mi opinión, es la capacidad de los perros para formar una unión espiritual con sus dueños que les ubica en un lugar especial en nuestros corazones. Todo aquel que ha tenido la suerte de tener uno como mascota confirmará la nobleza, fidelidad y lealtad que muestran los caninos en los momentos más felices y angustiosos de nuestras vidas, cariño que casi siempre ven correspondido. La ciencia nos dice que la posible responsable de esa relación tan especial se debe a la oxitocina, la “molécula del amor”, que se dispara en las madres después del parto y aumentan los lazos de afecto y confianza con su bebé. Pues bien, científicos de la Universidad de Azuba en Japón han descubierto que los niveles de oxitocina también se amplifican después de jugar con nuestras mascotas, especialmente cuando les miramos directamente a los ojos.

Mundialmente, los perros son nuestra mascota favorita, por encima de gatos, loros, hámsteres y cerditos vietnamitas, y gastamos millones de Euros anuales en su manutención y cuidado. Los vestimos, los bañamos, los sacamos a pasear. Prácticamente todas las mañanas cuando salgo de casa, me encuentro con un resignado amo de “perring” como dice un amigo, sacando a sus chuchos para que puedan desahogarse.

Sin embargo, no todo es un jardín de rosas en el cuidado de los perros. Hay muchos desgraciados y malnacidos (y uso palabras suaves por si me leen los más jóvenes) que maltratan a sus mascotas o las usan como un juguetes de jugar y tirar, abandonándolas cuando se cansan de ellas o simplemente porque no tienen quién las cuida mientras sus patéticos dueños se van de vacaciones. No obstante, gracias a la existencia de asociaciones de protección a los animales y la impagable labor y esfuerzo de individuos privados que recogen perros abandonados y denuncian a los criminales, la lucha contra el maltrato animal ha conseguido aumentar y mejorar las políticas al respecto y la toma de conciencia por parte de los ciudadanos.

Wolf y Gummer, cortesía de A.M.G.G.

Wolf y Gummer, cortesía de A.M.G.G.

Grandes y pequeños, gordos y flacos, peludos y lampiños, de orejas puntiagudas o caídas elegantemente; como socios, amigos, empleados o como dulce y noble compañía, los perros nos han acompañado por buena parte de nuestra existencia y están aquí para quedarse. Sus vidas están irremediablemente ligadas a las nuestras y la civilización no sería lo mismo sin la colaboración de este gallardo animal. Cuidemos a este fiel amigo que nos legaron nuestros ancestros y, la próxima vez que veas uno, ráscale las orejas y dile lo guapo que está, que seguro que se alegra. Ayudarás, de paso, a hacer de este mundo un lugar mejor.

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