La máquina que escribió la historia de siete generaciones.

Una de las consecuencias del paso del tiempo y de los avances tecnológicos que durante una vida pueden surgir, es ver cómo objetos, que para una generación resultan indispensables, prácticamente desaparecen del mercado al verse relegados por mejores sustitutos. Así a bote pronto, puedo pensar en aquellos pesados artilugios que se usaban para copiar los datos de una tarjeta de crédito, suplantados por su versión electrónica hace ya un par de décadas; recuerdo también las reproductoras caseras de vídeo, que si bien aparecieron en los hogares a principios de los años 70, en la actualidad son pocas las que aún están en uso, al igual que sus correspondientes casetes. Y no podemos olvidarnos de las contestadoras automáticas, con sus mensajes grabados que tan bien sirven a los guionistas de cine y televisión, aunque pocos sean ya los hogares que las utilizan. Pero si hay un invento que resistió el paso del tiempo, al menos durante un siglo, y que ahora no pasa de ser un objeto de coleccionistas, al menos en occidente, es la máquina de escribir.

Historia.

Historia.

Para los lectores más jóvenes, esta es en definitiva una pieza de museo. No conozco en mi entorno ningún hogar que aún la utilice, aunque estoy convencido que muchas de ellas aún acumulan polvo en desvanes y trasteros. Si tenéis cerca a alguien menor de 20 años, preguntadle si alguna vez en su vida ha presionado sus dedos sobre las teclas de una Remington, Olivetti o Underwood, por mencionar algunas de las marcas más conocidas. Creerán que les habláis en chino. Otra cosa es cuando hablamos con los que ya han cumplido la treintena, para los que seguramente una máquina de escribir era un instrumento indispensable antes de que los ordenadores personales se popularizaran. Trabajos del colegio, cartas, documentos oficiales, membretes en los sobres, libros y todo tipo de literatura, todo, o casi, nacía de las pesadas y ruidosas teclas de nuestra invitada de hoy.

Las pioneras.

Como suele suceder con muchos inventos como el teléfono o el telégrafo, hay un gran debate sobre el origen de la máquina de escribir. La razón es que muchos hombres y mujeres trabajaron en productos similares, con mayor o menor éxito, en épocas contemporáneas, y el premio al padre de la tecnología se ha otorgado a más de un inventor, dependiendo del cristal con que se mire. Existen también antecedentes de máquinas descritas que no llegaron a construirse, y otras que no pasaron del prototipo, pero que nunca llegaron al público.

Prototipos

La primera patente a una máquina de escribir, o algo que se le parezca, fue otorgada a un tal Henry Mill en 1714. El documento de registro describe “una máquina artificial o método para imprimir o transcribir letras, una después de la otra, como en la escritura”. El problema es que no contamos con ningún modelo o siquiera un diagrama que pueda confirmar su parecido con las máquinas del siglo XX. En las primeras décadas del siglo XIX tres italianos se apuntaron a la lista de inventores, Agostino Fantoni, Pietro Conti di Cilavegna y Pellegrino Turri, este último con el detalle que había construido una máquina para ayudar a su enamorada que había quedado ciega, y a quien también se le atribuye la invención del papel carbón. Pero al igual que en el caso de Mill, no existen prototipos o dibujos de sus invenciones.

Hacia mediados de aquel siglo, los efectos de la Revolución Industrial en el mundo de la industria y los negocios y el incremento del comercio internacional, crearon un caldo de cultivo que aceleraría la innovación tecnológica. Fueron muchos los que patentaron diversas máquinas que pretendían sustituir la escritura a mano, pero muy Bola de Millspocas las que pasaron a la historia. Probablemente el primer ejemplo de una verdadera máquina de escribir con cierto éxito comercial fue la “Bola de Escritura” del danés Rasmus Malling-Hansen, quien en 1870 presentó lo que en mi opinión parece un cojín de esos en los que las abuelas clavan sus agujas, siendo estas las teclas, que bajo presión de los dedos, imprimían las letras sobre un rollo de papel fijado a un tambor tubular por debajo del teclado. La Bola de Malling fue la primera máquina de escribir producida comercialmente y tuvo mucho éxito durante tres décadas, especialmente en Europa hasta principios del siglo XX.

Un primer éxito.

No obstante, la primera máquina de escribir de gran éxito comercial fue la patentada por los norteamericanos Christopher Sholes, Carlos Glidden y Samuel Soule en 1868. Fabricada bajo licencia por E. Remington & Sons, no sólo fue la primera en parecerse a las máquinas del futuro, sino que también fue la que presentó por primera vez el teclado QWERTY que aún sirve de estándar para la mayoría de teclados de caracteres latinos, aunque sólo funcionaba con mayúsculas. Aún faltaban ciertos cambios para llegar al producto final que conocemos ahora, pero la Sholes y Glidden sentó las bases del futuro. Pronto, buena parte de las oficinas en occidente se llenaron de múltiples modelos que compartían el rítmico claqueteo característico de la invención.

Sholes & Glidden de 1874.

Sholes & Glidden de 1874.

Auge.

COPY CODE SNIPPET

El siglo XX fue la época de oro de las máquinas de escribir. Llegaron mejoras tales como los rollos de tinta, mejores tambores, las teclas de “shift” para imprimir también en minúsculas, incluso una versión silenciosa con poco recorrido, probablemente porque no cumplía con su promesa o porque sus usuarios extrañaban el imagesgolpeteo. Secretarias, escritores, amas de casa y estudiantes golpearon sus teclas para dejar al mundo la historia de varias generaciones. Pesadas, portátiles o eléctricas, fueron la mejor compañera de periodistas en el campo de batalla, de poetas inspirados, y de los no tanto, en sus largas noches de pasión imaginada. Miles de documentos científicos, políticos y comerciales surgieron de la tinta impresionada en papel a golpe de dedo; facturas, tratados, cartas de amor que quedaron para la posteridad como registro de la modernidad y el sentimiento.

Declive.

Varios nombres aún resuenan en los oídos de mi propia generación; la consabida Remington, Olivetti, Underwood, IBM, Smith-Corona, recuerdos de un tiempo pasado y ejemplos de cómo la supervivencia depende de la adaptación. La mayoría de estas empresas se transformaron o terminaron siendo absorbidas por otras que sí supieron ver el final de una era. La máquina de escribir y sus India fabricantes no estaban preparados para su rápido ocaso, impulsado por la aparición de los ordenadores y las impresoras. Aún así, esas queridas abuelas no han dado sus últimos tecleos. Hay muchos escritores que se resisten al cambio y prefieren seguir con sus viejas pero funcionales compañeras. En algunos países del mundo menos desarrollado donde la tecnología más avanzada no ha llegado aún, las máquinas de escribir siguen sirviendo a jóvenes y mayores en su vida diaria, notablemente en la India, pero también en algunos países africanos donde la electricidad es un lujo al alcance de pocos. ¿Cuánto más aguantarán? No lo sabemos, pero sea cual fuere su destino final, las máquinas de escribir no desaparecerán de los libros de historia, pues han escrito la suya con tinta y acero.

 

2 thoughts on “La máquina que escribió la historia de siete generaciones.

  1. Hola Jesús,
    yo les tengo un cariño especial a estas máquinas. ¡Cuántos veranos de mi infancia practiqué con ellas! Al principio lo hacía por obligación (cosa de mis padres) pero después era algo personal… quería batír mi propio récord de pulsaciones por minuto.
    Como tantas veces consigues con tus escritos me picaste la curiosidad y encontré que en 1985, The Guinness Book of World Records verificó que Barbara Blackburn fue la mecanógrafa más rápida del mundo: mantuvo una velocidad media de 150 wpm (palabras por minuto) durante 50 minutos (37.500 pulsaciones a una media de 12,5 pulsaciones por segundo). Con picos de velocidad de 170 wpm y una velocidad máxima de 212 wpm. Lo más sorprendente era que su porcentaje de errores solo fue del 0,2%.
    ¿Quién la supera? Yo seguro que no.
    Abrazos

    • Hola Francisco,
      para alguien que nunca ha podido teclear con diez dedos, a pesar de intentarlo, el simple hecho de poder escribir a máquina sin mirar al teclado es toda una hazaña. Os admiro, y más a esta mujer cuyo récord nos apuntas, que pasada! sospecho que era casi tan rápida como una impresora moderna…y por cierto, habré tardado dos minutos en escribir estas líneas…soy un caso perdido…:P
      Muchas gracias por comentar. Un abrazo.

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