Clio, la musa griega de la historia, tiene por costumbre regalarnos personajes heroicos y trágicos por igual, los unos acompañados de grandes hazañas y los otros objetos de pérdidas y sacrificios que muy a menudo, al final son redimidos. Pero de vez en cuando la hija de Zeus incluye en su lista a protagonistas más prosaicos aunque no menos trascendentes, actores secundarios del pasado que a primera vista pueden pasar desapercibidos, pero que una mirada más a fondo les descubre en toda su gloria. Nuestro personaje de hoy bien podría entrar en esta categoría.
Heinrich Schliemann nació en Neubukow, un pueblo en el norte de Alemania cercano a Rostock, en 1822, fruto del matrimonio de un Pastor luterano y un ama de casa. Como si quisiera presagiar o incluso dirigir el futuro del pequeño, el destino le reparte la carta de la muerte de su madre cuando él tenía nueve años, y el despido de su progenitor de la iglesia debido a un caso de malversación de fondos. Aún así, Heinrich logra pasar una breve temporada en el Instituto (gymnasium) e iniciarse en el estudio de la historia gracias a su padre, quien le introduce a las grandes obras de Homero, la Ilíada y la Odisea, y le regala un ejemplar de La Historia del Mundo Ilustrada de Ludwig Jerrer.
Al no poder continuar sus estudios, Heinrich se enrola en un programa de aprendizaje comercial y empieza a trabajar como asistente en unos almacenes a los 14 años. Seguramente lo que ahora podríamos llamar “un culo inquieto”, el joven abandona su posición cinco años después y se embarca en un mercante con la idea de hacer las Américas, pero el barco encalla en las costas de los Países Bajos tan sólo unos días después de zarpar y el azorado grumete termina llevando a cabo varios trabajos en Ámsterdam.
De vuelta en Rusia y ya un hombre de 30 años, Schliemann contrae matrimonio con la sobrina de uno de sus socios más pudientes, la joven Ekaterina Lyschin, con la que tendrá tres hijos, Sergei, Natalia y Nadezhda durante los próximos diez años, tiempo en el que aumenta sus riquezas al trabajar como proveedor de plomo y sulfuro para el gobierno ruso, que necesitaba urgentemente dichos materiales para la fabricación de munición durante la Guerra de Crimea (1855-1856). Rico y con familia, parecería que Schliemann lo tenía todo y sólo necesitaba sentarse a disfrutar de la vida, al menos como haría la mayoría, pero para un espíritu libre y activo dicho estado probablemente le aburría. Un nuevo giro se aprestaba.
Recordando sus pasiones infantiles, Schliemann decidió dedicarse a la búsqueda de Troya, ciudad que en aquel entonces se consideraba como sede de una leyenda más que un lugar real. Su primer paso fue trasladarse a París, donde pasó un mes estudiando en la Sorbona. Aprovechando la negativa de Ekaterina de mudarse con él a la capital francesa, se divorció de ella, después de lo cual confesó a un amigo que se sentía “liberado” para llevar a cabo su sueño arqueológico.
Recién llegado a Turquía, donde la supuesta ciudad de la antigüedad debía esconderse, Schliemann contactó con el experto inglés Frank Calvert, quien le sugirió que iniciara sus pesquisas en
Para muchos, Schliemann fue el primer arqueólogo moderno, a pesar de su limitada preparación académica y de sus bruscos métodos a la hora de excavar. Creyendo que la Troya de Homero se encontraría en las capas inferiores de la colina, los trabajadores utilizaron, según algunas versiones, dinamita y maquinaria relativamente pesada, lo que
Sin embargo, tanto el llamado Tesoro de Príamo como la máscara resultaron ser más antiguos de lo que Schliemann creía, por lo que no podían haber pertenecido a sus presuntos dueños, dato que él siempre disputó. En todo caso, los trabajos del aventurero alemán si cumplieron con el cometido de reavivar el estudio de la antigua Grecia y, en cierta manera, impulsar el nacimiento de la arqueología moderna. Querido o no, hoy ocupa un lugar preponderante en la historia.
Heinrich Schliemann murió el 26 de diciembre de 1890 en Nápoles y fue enterrado en Atenas dentro de un mausoleo de estilo griego con frisos y métopas que describen sus hazañas como arqueólogo. Fue tendero, grumete, banquero, comerciante y arqueólogo autodidacta, viajó por medio mundo y vivió en media docena de países. Campeón de la auto-promoción, hizo y deshizo en su vida a su antojo sin importarle los obstáculos y su estrambótico carácter le ganó infinidad de antagonistas. Pero al fin y al cabo coronó su vida con éxito y desveló a la humanidad uno de los capítulos más publicitados de la antigüedad. Gracias a él, Troya y el papel de la ciudad y su descubridor, más que leyenda, son ahora una deliciosa realidad.